La patente de este amorfo y antiestético artilugio arrastra tras de sí una truculenta historia de traiciones, venganzas y muertes que a día de hoy continúan siendo un misterio.
Si tiran de Wikipedia, comprobarán que la autoría de tan singular invento recae sobre Ezra J. Warner, que lo ideó en 1858 harto de dejarse los dientes abriendo latas. ¡¡¡MEN-TI-RA!!! Intereses ocultos de la mano de maquiavélicas conspiraciones enterraron bajo toneladas de engaño la auténtica verdad.

El Conde Bröggermhunter recurría a un loro para abrir las latas: clavaba su pico en la parte superior y con secos movimientos en la nuca del pájaro hacía pequeñas incisiones en el latón. Empleaba no menos de dos horas en abrir una lata, y el loro acababa muriendo víctima del estrés. Por aquel entonces, Ezra J. Warner se ganaba la vida como pajarero, a cuya tienda acudía casi a diario el Conde Bröggermhunter para comprar un loro, pues sufría una total adicción a las sardinas en escabeche. A Warner le devoraba la curiosidad por averiguar el motivo que forzaba al conde a adquirir semejante cantidad de loros. Con el tiempo se ganó la confianza de Bröggermhunter, que acabó invitándole a las partidas de bádminton que éste organizaba cada domingo en su mansión y que solían acabar con un ostentoso desayuno (el pajarero, para estar a la altura de las circunstancias, se volvió un experto jugador de este deporte, que le llevó incluso a ganar el I Torneo de Bádminton de Gales; pero esa es otra historia). Fue entonces cuando, en una de aquellas mañanas dominicales, descubrió el porqué de tanto loro.

Obsesionado con la idea, el ambicioso Ezra cerró al conde el grifo de los pájaros a la vez que patentaba, en 1858, un primer prototipo de abrelatas, tan básico como recortar sobre una plancha de hierro la silueta de un loro. El invento resultó ser una mina en la que a Ezra J. Wagner le faltaban horas para extraer todo el oro que producía.

Mientras tanto, el conde, afectado de Sardinalofrenia Escabechecompulsiva, enloquecía de impotencia frente a las montañas de latas de sardinas que acababan tapiando cada habitación de su mansión.

La tragedia, disfrazada de envidia, entró en acción en la primavera de 1859.
Durante la final del Open de Cork de Bádminton, a la que Wagner había accedido sin perder un solo set, Bröggermhunter, completamente loco y arruinado, saltó al terreno de juego con la fijación de matar a su antiguo pajarero clavándole uno de sus propios abrelatas-loro en la sien. Ezra, en un acto reflejo por salvarse, estampó el volante de plumas en la frente del conde, quien, debido a una precaria salud producto de su indigente vida, caía fulminado en el impoluto césped víctima de un derrame cerebral.

Ezra J. Wagner moriría tres años después clavando un cuadro en la pared de su lujoso comedor de estilo victoriano, incapaz de superar la trombosis provocada al golpearse el pulgar con el martillo.

Con el tiempo, el famoso abrelatas-loro de Wagner ha evolucionado a la actual forma de mariposa, más cómoda y manejable, a pesar de que los descendientes de Bröggermhunter continúan a día de hoy peleándose en los juzgados por que se reconozca a su tatarabuelo como legítimo autor de dicho invento.

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