David González “Aye”

A lo largo de la historia… No, no; para nada es un buen comienzo.

Desde siempre, las disciplinas artístic… Tampoco.

Un ornitorrinco, a simple vista, pudiera parecer la inverosímil unión de varias especies animales… Esto menos. No se entiende un carajo a dónde quiero llegar.

Es muy común en todas las ramas del saber, tanto artísticas, científicas como humanísticas −ahora sí hemos arrancado bien−, encontrar auténticos genios a quienes (poco importan los motivos) enterraron su brillante creatividad en un injustificado empeño por verlos caer en el olvido, ninguneados y apartados con un seco empujón de la fila de los talentosos. Con esta pequeña sección, focalizada en la literatura, pretendo homenajear a aquellos escritores de microrrelatos que en su día merecieron las más altas distinciones narrativas.

Ernesto Baldomero De La Ría

Si hubiese que escoger una sola palabra de entre todas las que pueblan el diccionario de la lengua castellana para definir a Ernesto Baldomero De La Ría, todos los microrrelatólogos coincidirían en el mismo vocablo: Prolífico.


(Foto cedida por el último pariente vivo de la estirpe de los Baldomero, el cual padece cisnefobia aguda).

Nacido el 8 de enero de 1893 en Trabadelo, un pequeño pueblo de la comarca de El Bierzo que sobresale de entre las montañas como si se tratara de uno de los dos juanetes de la Sierra de Meruelas, aprendió a leer con tan sólo un año de edad, y a los tres ya recitaba de memoria capítulos enteros de La Odisea o la Teogonía de Hesíodo, a cuyos poemas mitológicos recurrían los padres del inquieto Baldomero cuando a éste le costaba conciliar el sueño. Su primer microrrelato, La venganza de Creonte: la otra cara de Sófocles, escrito antes de soplar las velas por su cuarto cumpleaños, acabó convirtiéndose en un ensayo de 1700 páginas sobre la evolución de la poética helenística durante las cuatro series de los primeros juegos griegos—Olímpicas, Píticas, Ístmicas y Nemeas— debido al insaciable apetito narrativo del pequeño Ernesto, obra que le publicaron antes de cumplir los seis años. Tal era su vorágine creativa, que su padre se vio obligado a talar, uno a uno, todos los árboles de los alrededores, llegando a deforestar más de 500 hectáreas de pino y roble a fin de satisfacer la continua demanda de papel que reclamaba la desbordada imaginación de su hijo único.

La ingente cantidad de obra literaria surgida de la extraordinaria mente de De La Ría bien pudo deberse a la polidactilia con la que nació, una afección que lo dotó con un dedo extra de más en cada mano, lo que le brindaba la posibilidad de teclear 360 palabras por minuto en su vieja máquina de escribir Underwood, ganándose el apodo de El Mecanógrafo de Zeus.

Resultaría un auténtico Armagedón literario pretender hacer un listado con toda la producción narrativa de Baldomero. Pero no por ello podemos pasar por alto su obra más importante, Los orígenes de Microrrelatopotamia: un descomunal compendio formado por 15.000 microrrelatos escritos durante sus 67 años de vida.

Ernesto Baldomero De La Ría falleció en 1960 en Suiza, a causa de una infección provocada por el picotazo de un cisne en un ojo cuando paseaba en barca junto a su mujer por el lago Lucerna, donde se hallaban celebrando sus bodas de plata.

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