¿Y ahora qué?

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Lenin Estrada

“El cerebro se alimenta de cambio, como el corazón de sangre o los pulmones de aire”.

J. Wagensberg

¿Qué hacer en una realidad que nos ha tomado por sorpresa? ¿Cómo vivir en un mundo que será más tecnológico, pero también más humanístico y más creativo?

En las últimas semanas se ha disparado el teletrabajo, las clases online y las videollamadas, sin embargo, la cita de las ocho de la tarde en el balcón es ineludible. Ese momento especial y único del día en el que tenemos contacto con otros seres humanos sin una pantalla de cristal de por medio. Es un ritual que hace, como diría el Principito, que una hora sea diferente de las otras horas. La tecnología nos está ayudando a que esta realidad que nos toca transitar sea un poco menos dura de sobrellevar y, cuando acabe el encierro, la tecnología ocupará un lugar destacado en nuestra vida, más que antes si cabe.

¿Y qué pasará con las personas cuando recuperemos nuestra vida fuera de casa? ¿Trabajaremos de la misma forma? ¿Aprenderemos igual que antes? ¿Cómo nos relacionaremos con otras personas y con nuestro entorno? Nadie lo sabe, pero lo cierto es que, una vez pasados la pandemia y el furor tecnológico, los seres humanos tendremos la posibilidad de despertar nuestra conciencia sobre qué significa ser humanos, qué nos define y qué nos diferencia de las máquinas.

En los próximos años todo estará automatizado. Todo menos las emociones. La transformación digital no está por llegar, ya está aquí. Y se trata de un cambio más antropológico y menos tecnológico de lo que imaginábamos. La tecnología ya existía pero no se utilizaba de forma masiva. Ahora que todas y todos hemos comprobado que se puede trabajar desde casa y ser igual o más productivos que antes, ¿querremos viajar dos horas al día para ir y volver a las oficinas? ¿Qué huella ecológica supone semejante desplazamiento? A todos nos ha emocionado ese vídeo en el que los delfines pasean sin miedo por la costa, ¿verdad?

Los grandes cambios en la humanidad suelen darse por factores externo. El mundo que nos espera ahí afuera cuando salgamos, estoy segura que será un mundo más humanístico en el sentido más amplio de la palabra. Un mundo más pausado, en el que los seres humanos seamos el centro de la vida, y en el que la tecnología se integre como una herramienta más, y sea el medio que nos permita estar más cerca de las personas. En este paréntesis en el que el futuro ha quedado suspendido, tenemos más tiempo para prestar atención a pequeños detalles cotidianos que pasábamos por alto: ver cómo se llenan de hojas los árboles que hasta hace unas pocas semanas estaban desnudos, disfrutar del canto de los pájaros que resuena ahora que han callado los motores, o ver cómo nace cada noche el lucero de la tarde. Es tiempo de introspección, de pensar y reflexionar sobre qué hacemos y cómo lo hacemos. Es un momento para prestar atención a los procesos más que a los resultados. Y la creatividad es uno de los procesos más interesantes de las personas, porque es un camino que nos lleva por el autoconocimiento. El camino creativo necesita de la curiosidad que nos ayude a descubrir qué va conmigo y qué no, qué es lo que enciende esa chispa que hace que nos entusiasmemos tanto con algo que perdamos la noción del tiempo. La tecnología permitirá ganar en eficiencia, automatización o capacidad de memoria, pero no será capaz de sustituir la creatividad, la inteligencia emocional, la empatía ni la pasión. Eso es algo profundamente humano.

Es tiempo de mirarnos hacia adentro y preguntarnos: ¿qué puedo hacer distinto? Tenemos la oportunidad de reinventar la sociedad, de recuperar valores olvidados por las prisas y la vorágine del día a día. Podemos caminar despacio hacia una realidad mucho más humana, más solidaria y más empática con todos los seres que habitan el planeta.

La transformación digital es una transformación humano-céntrica: la digitalización es el centro, y las personas: el corazón del cambio.

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