Paula Arrigoni

El escritor y filósofo francés André Gide dijo: “El hombre no puede descubrir nuevos océanos a menos que tenga el coraje de perder de vista la orilla”.

Supongamos que tienes una idea, y que esa idea resuelve un problema que afecta  un grupo de personas. Imaginemos que esa idea, además, es algo que se puede construir y también comercializar. Podríamos estar frente a un caso de innovación disruptiva y centrada en el cliente.

Pero para aportar valor a este mundo en el que vivimos no basta con tener una idea que sea necesaria y rentable. Aportar valor es hacer que algo —un sistema, una organización, un producto, o incluso una persona—, sea mejor de lo que era antes de poner en marcha esa idea.

La tercera Ley de Newton dice, de un modo muy, pero muy, simplificado, que “si un cuerpo A ejerce una acción sobre otro cuerpo B, éste realiza sobre A otra acción igual y de sentido contrario”. Acción y reacción.

Hace unos días, al finalizar una sesión sobre innovación, alguien comentó con sorpresa que se le habían ocurrido muchas ideas. Para tener una buena idea es fundamental haber tenido primero cientos de malas ideas. Nadie es un genio todo el tiempo, incluso a Einstein cada día le costaba encontrar el camino de vuelta a su casa, pero todos podemos ser genios de vez en cuando. Y tener ideas nos lleva por el camino de la genialidad. Una idea abre el camino a otra idea que, tal vez, aporte valor, mucho valor. Acción y reacción. Atracción.

¿Te has parado a pensar quién es la primera persona impactada por este nuevo valor que estaríamos aportando al mundo?

La respuesta a esta pregunta me llega cuando pienso en qué es lo más emocionante del acto de innovar. El simple acto de empezar a pensar en una idea es profundamente transformador para cualquier ser humano. El primer impacto de esa idea que aporta valor es, sin lugar a dudas, el propio ser humano que la piensa.

Tener ideas es una habilidad, no es un don. No se nace con ellas, es algo que se aprende y que puede entrenarse. Las ideas que aportan valor son la fuerza motriz de la innovación.

Aportar valor es un acto que requiere generosidad.  

Cuando progresamos en la definición de un problema, como puede ser “aportar valor a mi trabajo”, lo que estamos haciendo, en realidad,  es avanzar en la solución. Si escribo, y pienso, y me planteo si realmente estoy aportando valor: ya estoy aportando valor.

¿Qué significado tiene para mí aportar valor?

Los vecinos de mi abuela, Sara y José, tenían una tienda en la que vendían carne, fruta, verdura y pescado los jueves. El jardín de la casa de mis abuelos tocaba con el jardín de Sara y José. Algunas veces, mi abuela llamaba por el jardín y les entregaba una lista con cosas que necesitaba. Sara sabía que, si mi abuela llamaba por el jardín, era porque ese fin de semana venían sus ocho nietos y necesitaba que le guardase las mejores piezas.

Como es de imaginar, ni mi abuela, ni Sara ni José habían sentido hablar nunca del customer journey ni de los touchpoints, pero su instinto les decía que  era importante cuidar al cliente y, además, eran vecinos: hoy por ti y mañana por mí.

A cambio de tremenda gentileza, y como si de un acuerdo tácito se tratara, mi abuela les dejaba usar el teléfono siempre que lo necesitaran: era el único que había en toda la calle.

Sara y José formaban un buen equipo, eran autónomos y multidisciplinares: él se encargaba de la carne y el pescado, ella de la fruta y la verdura. Y conocían a sus clientes, ¡vaya si los conocían! Al final, como dicen ahora los gurús del marketing: lo importante es conocer tu negocio, tu producto y tu público. Lo de toda la vida.

Aportar valor algunas veces se trata de valores, y otras, solo algunas, de dinero.

Aportar valor también es saludar cada día con una sonrisa, ayudar a un compañero que lo necesita o simplemente compartir información y fomentar el espíritu de colaboración.

Como dice el diseñador Stefan Sagmeiste: “Quejarse es estúpido. Actúa u olvídalo”.

Si no eres de los que se quejan ni de los que olvidan: actúa, seguro que puedes aportar valor.

Pensar en ello, es el primer paso para que suceda.

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