Paula Arrigoni

En un intento desesperado por encontrar la frontera entre la ciencia, el arte y la creatividad, me crucé hace algunos años con Julia Cameron y su libro El Camino del artista. En él, Julia propone una serie de ejercicios para rehabilitarnos creativamente. De entre todos, comencé con uno muy sencillo, que a priori parece que no conduce a nada, pero que os aseguro es muy poderoso para rescatar la creatividad. Se trata de escribir unos pocos minutos al día de forma automática. Unas simples páginas manuscritas de “estricto flujo de conciencia” (lo que se te viene a la cabeza, sin filtros). Una hoja y un lápiz, eso es todo lo que necesitamos. Sí, se trata de algo un poco olvidado: escribir a mano.

Estas páginas manuscritas no pueden hacerse mal y no pretenden ser arte. Se trata de utilizar el movimiento simple de la mano como una herramienta de auto-conocimiento.

Algunos años más tarde, cuando mi proceso de recuperación creativa ya se había iniciado, me pasó algo sorprendente: llegó a mis manos un texto de Gerald Weinberg, un científico informático estadounidense fallecido en 2018, quien a lo largo de su vida trabajó de forma incansable para aunar la ciencia y la ingeniería con la escritura y el comportamiento humano. Para ello escribió varios libros sobre desarrollo de software pero también sobre antropología y psicología. Dos autores muy distintos: un artista y un ingeniero de software. ¿Qué podían tener en común? En su libro Becoming a Technical Leader: An Organic Problem-solving Approach, Weinberg nos dice que, para llegar a ser un buen líder técnico, son necesarias tres habilidades: motivación, organización e ideas. La organización y las ideas se pueden obtener de fuentes externas, pero la motivación tiene que venir de dentro.

¿Y cómo descubrir si tienes suficiente motivación para alcanzar el éxito en tu propia transformación? Para ello, Weinberg propone un ejercicio muy sencillo: durante tres meses, dedica cinco minutos al día a escribir un diario personal. Una escritura rápida, sin florituras, sin correcciones, sin condicionamientos.

“Starting now and continuing for three month, spend five minuts each day writing in a personal journal

Dice Weinberg: “Ponte a escribir ahora, déjalo todo y empieza en este momento”. Verás que incorporar un nuevo hábito cuesta lo suyo, pero tienes la oportunidad de ser tu propio laboratorio. Hacer algo que llevamos años sin hacer nos parece un retroceso, ¿escribir a mano, con lápiz y papel? ¡Sí, y tienes que probarlo!

Me quedé perpleja y emocionada cuando lo leí.

Este ingeniero de software proponía una simple prueba, que no solo mide si estás listo para cambiar, sino que también te da ideas para organizar el cambio.  ¿Sobre qué escribir? Propone que, para ser un buen líder técnico, necesitas conocerte a ti mismo. ¿Te da eso alguna pista? De nuevo, el auto-conocimiento a través de la escritura manuscrita.

Según el autor, el objetivo de la prueba de los cinco minutos es doble: en primer lugar comprobaremos que incorporar nuevos hábitos no es sencillo, pero puede hacerse, y que comenzar no requiere de algo muy sofisticado. Además, si quieres convertirte en un agente de cambio primero has de conocerte a ti mismo, y después de tres meses de escritura algo te habrás conocido. En segundo lugar, y casi tan importante como el primero, entender cómo se sentirán otras personas cuando les pidas que hagan un pequeño cambio. Sabremos de qué se trata, el esfuerzo que eso conlleva y lo que supone vencer la resistencia inicial. Pero también sabremos que es posible y que el cambio que sucede en el camino es maravilloso.

Estos dos libros, en extremos opuestos entre técnicos y artistas, tienen más cosas en común de las que yo creía. Ambos hablan de que hay que poner algo de nuestra parte para conseguir un cambio, ya sea una rehabilitación creativa o conseguir ser un buen líder (técnico o no, porque realmente esto aplica a cualquier liderazgo). El punto en común es que el cambio empieza por uno mismo. Podemos certificarnos en todas las metodologías que nos apetezcan, pero si no somos capaces de liderar nuestra propia transformación de una forma sencilla, no seremos capaces de liderar los cambios en nuestros equipos.  

Me resulta inevitable recordar a Steve Jobs en su mítico discurso en la Universidad de Standford cuando explicó cómo, siguiendo su intuición y curiosidad, se matriculó en un curso de caligrafía. “Era sutilmente bello, histórica y artísticamente, de una forma que la ciencia no puede capturar, y lo encontré fascinante. Nada de eso tenía ni la más mínima esperanza de aplicación práctica en mi vida. Pero diez años más tarde cuando estábamos diseñando el primer ordenador Macintosh, todo eso volvió a mí. Y diseñamos el Mac con eso en su esencia. Fue el primer ordenador con tipografías bellas. Si nunca me hubiera dejado caer por aquel curso concreto en la universidad, el Mac jamás hubiera tenido múltiples tipografías, ni caracteres con espaciado proporcional. Y como Windows no hizo más que copiar a Mac, es probable que ningún ordenador personal los tuviera ahora”.

Preguntémonos, pues, si la tecnología está reñida con la creatividad, si la creatividad puede ejercitarse con el hábito, si la motivación intrínseca se entrena. Porque solemos pensar que la motivación es económica y que la creatividad es la capacidad innata de pintar un cuadro.

Y no, no lo es.

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