¿Matamos al Ratoncito Pérez?

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Había una vez un niño que se levantaba temprano para ir al colegio. Una vez allí, debía estar separado de sus amigos, evitar los abrazos, no compartir, llevar mascarilla e intuir una sonrisa bajo la de la profesora. Todo el día puede ser muy largo cuando solo te quitas la mascarilla para comer o beber. Ese niño cumplía años, y entendía perfectamente que no se podía celebrar una fiesta. Bueno mamá, ya la haremos para el próximo. Y mamá suspiraba. Ese niño le decía a su mamá antes de entrar en las tiendas, que no se olvidara de echarse el gel. Y cuando veía a los futbolistas en el televisor, sin mascarilla, abrazándose y disputando partidos, no decía aquello de mamá no llevan mascarilla, no, decía, mamá van a contagiar a sus abuelos y se pueden morir. Cuando ese niño lleva meses sin jugar en el parque, porque hay mucha gente y se pueden contagiar, y sin practicar su deporte con normalidad.

Ese niño también preguntaba por las luces de Navidad, ¿cuándo las pondremos mamá? Y su mamá le decía que cuando se encendieran las de las calles entonces montarían el árbol en casa. Pero esa mamá por dentro no sonreía, pensaba en los abuelos, en la cabalgata de los Reyes Magos, en las compras navideñas… Incluso olvidaba comprar lotería de Navidad. Porque quizás pensaba que las imágenes a las que estaba acostumbrada desde su niñez, desde que tiene el más mínimo uso de razón, no iban a darse este año. Y lleva toda la vida repitiendo las mismas rutinas, año tras año, interiorizándolas y haciéndolas inmortales. Pero no, este año van a faltar muchas imágenes de la Navidad, esa Navidad que se defiende cuando se es mamá para poder seguir viéndola con los ojos de un niño.

Esa mamá, cuando el niño no la ve, se enfada si ve a dos personas, o más, pararse para hablar y justo en ese momento bajarse la mascarilla. Esa mamá se enoja cuando se culpa a los niños y a los jóvenes de no hacer las cosas bien. Porque ninguno de los adultos de ahora fue un joven que cuestionó a sus mayores, ni hizo todo lo contrario de lo que la sociedad le pedía.

La moraleja que esa mamá saca de este cuento es que aplaudimos desde los balcones, pero cuando bajamos a la calle, cuando pisamos de nuevo la vida, volvemos a creernos dueños de la verdad absoluta y ya no aplaudimos, sino que gritamos, insultamos, nos indignamos. Cuestionamos que para qué las luces de Navidad, para qué gastar dinero en algo tan trivial. Decimos también que esto es injusto, que no debería habernos pasado. Pero ha pasado, y nosotros, los que ya no vemos la Navidad, ni la vida, con la inocencia de esos ojos diminutos, no nos damos cuenta de que ellos sí que necesitan vivir con ilusión. Estas experiencias traumáticas, porque una pandemia lo es, nos curte, nos hace madurar, y estos niños lo están haciendo a pasos agigantados. Y si nosotros, los que miramos desde arriba esa ilusión, no adornáramos la Navidad con luces, no celebráramos la Nochebuena en la intimidad de casa, sin salir, sin los abuelos, no recibiéramos el nuevo año en zapatillas y chándal pero brindando por todo lo bueno que está por llegar, si no hiciéramos todo eso, estaríamos matando en realidad a los Reyes Magos, Papá Noel, el Ratoncito Pérez y la esencia de aquello que se es en la infancia para ser en la madurez. ¿Lo matamos entonces?

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