Para esta ocasión, rescato del pozo de la indiferencia a uno de los escritores de microrrelatos con los que más se ha ensañado la vida, casi a conciencia, haciéndole sufrir un estigma genético que acabaría por condicionar para siempre su prometedor talento como creador de historias.

Serafino Monticelli nace en Florencia en 1682, en el seno de una familia pobre que malvive mercadeando con las defecaciones de los numerosos caballos que transitan por las calles del floreciente Gran Ducado de la Toscana. Dotado con una inteligencia fuera de lo común, aprende a leer y a escribir antes de cumplir el año de edad, y con cinco termina su primera novela, Montagne di merda, influenciado -no cabe duda- por el maloliente negocio familiar. Su ópera prima no ha sobrevivido al paso del tiempo, pues Giocommo Monticelli, su déspota padre, utilizó las casi mil páginas escritas por su primogénito para envolver las deposiciones equinas con las que subsistía el clan Monticelli.

Pero lo más asombroso no recalaba en la privilegiada mente del pequeño Serafino, sino en su pasmoso parecido con Antonio Vivaldi, el talentoso niño veneciano de diez años que ya deslumbraba con su genialidad musical a la corte del rey Cosme III: lo único que diferenciaba a ambos era una pequeña verruga que Serafino tenía alojada en la nuca.

Tal era la semejanza física entre los dos jóvenes, que al florentino comenzaron a llamarle El Gemelo De Vivaldi, lo cual no hizo otra cosa que relegar al prometedor escritor Monticelli a vivir oculto toda su vida tras las bambalinas del éxito de Vivaldi.

Serafino consiguió, con espartana dedicación, huir lejos del pestilente negocio del estiércol de caballo gracias a sus originales y atrevidos microrrelatos. Pero la fama del brillante Vivaldi actuaba como un perpetuo eclipse total sobre su humilde planeta literario, y durante muchos años, esa rabia contenida fruto de su aciago parecido físico con el músico, fue el papel protagonista de su obra. Títulos como L´Aassassino di Vivaldis, Mille modi per uchidere un violinista, Sinfonia rancorosa, o Io odio a morte tutta la musica barocca, son una buena muestra del estigma fisionómico que marcó la carrera profesional de Serafino Monticelli.

A él, no obstante, se le atribuye, entre muchas otras aportaciones a la literatura, el invento del guion largo para abrir cuadros de diálogo; ser el primer escritor en usar FIN para acabar sus obras; el concepto de asterisco; o en utilizar como narrador principal la segunda persona del plural de subjuntivo en modo pasivo, técnica que acabó acuñando su propio nombre: “Narrador Monticelli”.

Muere a la edad de 68 años, en su Florencia natal, víctima de una dolorosísima e insufrible almorrana que lo lleva a arrojarse al vacío por la ventana de su casa.

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