Paula Arrigoni

“La búsqueda de la respuesta correcta es enemiga del arte. La respuesta correcta pertenece a los industrialistas con mentalidad para la productividad, a Taylor y a los moradores de la Organización Científica del Trabajo” Seth Godin

Las personas somos criaturas de hábitos. Nuestro día está lleno de rituales que se impregnan como patrones en nuestro ADN. Compramos siempre las mismas marcas, desayunamos cada mañana en la misma cafetería y preferimos mirar series de televisión que ya conocemos.

Hemos llegado a creer que el éxito de nuestras acciones depende de la seguridad con la que ejecutamos las rutinas. Si bien es cierto que el cerebro necesita de actividades conocidas para ponernos a salvo, esta realidad fija nos impide evolucionar.

Ejecutar sin errores no siempre nos beneficia. A decir verdad, nos impide crecer. Entre los depredadores y las presas, está claro que las presas que sobreviven son las que no se han equivocado. Los depredadores, en cambio, aprenden de sus errores. En este contexto, el error de la presa es mortal, pero el del depredador le permite aprender.

En ciencia, el error suele ser bastante definitivo. En cambio, un acierto solo lo es hasta que se demuestra lo contrario. En el arte, ocurre de forma diametralmente opuesta: si una sinfonía te conmueve eso es una verdad irrefutable. La emoción es o no es, no hay lugar a dudas.

Thomas Edison sabía muy bien lo que significaba equivocarse. ¿Acaso inventó la bombilla al primer intento? No. Ni tampoco al segundo ni al tercero.

En su libro Scrum, Jeff Sutherland dice “…el Scrum se basa en una idea sencilla: cada vez que iniciamos un proyecto, ¿por qué no comprobamos cómo va cada cierto tiempo, vemos si lo que estamos haciendo apunta en buena dirección y si es lo que la gente realmente quiere? ¿Y por qué no comprobamos si existen maneras de mejorar lo que estamos haciendo, de hacerlo mejor y más rápido, y qué es lo que puede estar impidiendo que sea así?”. Y lo dice pronto, en el capítulo uno. Esto implica asumir que podríamos estar avanzando en una dirección que no es la correcta, implica asumir que podemos estar equivocados.

Entonces, ¿qué es un error y qué es un acierto? Podríamos decir que depende del entorno en el que nos encontremos. Y mientras no nos comportemos como presas o como depredadores, nada será definitivo.

En el mundo real, equivocarse está mal visto, aunque no te lleve a la muerte. Sin embargo, es mucho más lo que se aprende de los errores que de los aciertos. Un acierto es el desencadenante de una subida de autoestima. Un error es útil evolutivamente.

Evitamos aquellas acciones que podrían ser equivocadas porque no hemos aprendido a gestionarlas. En cambio, hemos aprendido a ser obedientes, a no expresar nuestra opinión si no se nos pregunta, a observar un cuadro en silencio. Nos han enseñado que debemos evitar la exposición.

Al mismo tiempo, casi todos nos sentimos capaces de corregir, de opinar sobre la obra de otros, a criticarla incluso. Es realmente fácil encontrar alguien que pueda editar tu texto. Lo difícil es encontrar a alguien que diga “¡adelante, escribe más!”.

El problema no es que falten personas creativas, con ideas y energía suficiente para llevarlas a cabo, el problema es que nos cuesta empezar a hacer algo que pueda acabar mal. Nos cuesta empezar un negocio sin la certeza de que no será un fracaso. No importa si detrás de ese fracaso nos espera el éxito de nuestra vida. El error pesa más, pero eso hemos de cambiarlo.  

Voy a hacer algo que puede que no funcione. ¿Pasa algo por decirlo? ¿Tan grave es lo que pueda suceder? No solo no es grave hacer algo que no funcione, sino que es evolutivamente necesario que lo hagamos.

Apostar por algo no significa estar en lo cierto, significa pasar a la acción.

El error es el camino de la evolución.

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