Todos los seres vivos sueñan. Un perro sueña. Una cría de ñu sueña. Una ardilla que se haya pasado todo el puñetero último día previo al invierno almacenando castañas por dejarlo todo a última hora, de puro cansancio sueña. Una sepia pienso que también sueña; a su modo, cambiando constantemente de color mientras está en plena fase REM cefalópoda. Una cebolla no sueña, tampoco nos flipemos. Aprovechando esta premisa, iré compartiendo algunos de mis propios sueños, oníricos viajes por los pliegues más absurdos de mi cerebro, allá donde el surrealismo señala la última frontera.


De tanto en tanto, al bueno de Cervantes le da por callejear a través del intrincado dédalo de mi subconsciente. Y no es que se cuele en mis sueños para asesorarme en temas de escritura que digamos.

—¡Cagado! ¡¡Cobarde!! ¡¡¡Un mierdas, sí, eso es lo que eres, un mierdas!!! —me despierta el genio de Alcalá de Henares berreando a pleno pulmón en mitad de la calle desierta bien entrada la madrugada—. ¡Baja si tienes huevos… PANOLIS!!!

«”Panolis”, manda cojones, tanto puto Quijote para eso», farfullo para mis adentros mientras me asomo por el balcón, desde donde veo a Miguel sudando como un cerdo bajo su oscura vestimenta del siglo XVI a la vez que blande al aire a modo de florete una raqueta de squash
—¡En la Batalla de Lepanto tenías que haberla palmado! —entro directamente al trapo.
Nuestro griterío provoca que algunas ventanas colindantes se iluminen. Dos vecinos, irritados por el injustificado alboroto, se suman a la contienda dialéctica. Uno es Chuck Norris. El otro, José María Aznar.

—¡¡¡Fuck you, fuck you, fuck you, fuc…!!! —comienza a ametrallar Chuck Norris sacando la mitad del cuerpo por la ventana de su dormitorio. Los espumarajos que suelta son auténtica pirotecnia descontrolada.

Pero el puto Saavedra sólo tiene ojos para mí:

—¡¡¡Coge tu jodida raqueta y baja aquí de una vez, notado de ruin fama!!!
—¡Hombre, por fin un insulto acorde con tu puto siglo! ¡¡¡Pues claro que voy a bajar, novelista de mierda!!! —le respondo acompañándome de pequeños saltitos mientras me apoyo en la barandilla del balcón.

Mientras todo esto se sucede, Aznar no cesa de suicidarse una y otra vez: sube a la azotea de su bloque; se lanza al vacío en perfecta posición carpada; se estampa contra el adoquinado; se levanta como un zombi; entra de nuevo en el edificio; vuelve a subir a lo más alto; se vuelve a tirar; se vuelve a levantar; entra; sube; se tira; se levanta… Así en un eterno bucle.
En menos de cinco minutos ya estoy en la calle aguantando las provocaciones de Cervantes, que no para de golpear su pecho contra el mío, muy gallito él. De buena gana le calzaba un traicionero punterón en toda la entrepierna. Pero me contengo, no le voy a ofrecer en bandeja la excusa perfecta para amargarme la existencia de por vida, ya sea aquí entre los vivos, en el purgatorio, en el infierno o donde sea.

Sin mirarle a la cara saco mi motocicleta con sidecar del garaje y Miguel se encaja en la incómoda cabina del acompañante como buenamente puede.
—Eres un mierdas… —me susurra al oído en el instante en que le doy al contacto y salimos del barrio rumbo al club de squash haciendo un ruido a la altura de la mejor de las mascletàs.
Mientras nos alejamos aún puedo oír los continuos “¡¡¡Fuck you!!!” de Chuck Norris y el reventar de huesos de Aznar al impactar contra la acera.

En este punto siempre me despierto.

Nunca sé si yo soy mejor que Cervantes jugando a squash o si por el contrario es él quien siempre me da una soberano correctivo.

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